LA TECNOLOGÍA DE LA COMUNICACIÓN NOS ESTÁ INCOMUNICANDO
¿Te has dado cuenta, que no obstante que vivimos en la era de la comunicación cada vez estamos menos comunicados?
Analicemos algunas situaciones normales en nuestra modernísima y tecnificada vida cotidiana:
El tomar los alimentos como familia, implica en muchos casos que todos los miembros de ésta, estén con el pescuezo torcido mirando la tele del comedor, y para lo único que se hablan es para pedir el control electrónico del aparato, o para exigir de mal modo un cambio de canal.
Nuestros hijos tienen televisores y computadoras en sus recámaras, por lo que después de los breves momentos de convivencia (aunque sea sólo física), se retiran a ver sus programas favoritos, o a “chatear” con personas casi siempre desconocidas. En otros casos también, a buscar pornografía. Bueno no quiero pecar de negativo… tal vez también se encierran para buscar información constructiva (¿?)… pero el hecho es que lo hacen aislados.
Si como familia hacemos viajes o paseos, los hijos van “conectados” a sus ipods, escuchando ensimismados lo que les gusta, y por lo tanto sin hablar más que para decir que tienen hambre. Es muy común que además de conectarse todo el viaje, también vayan jugando con esos infernales aparatitos electrónicos, que los hace permanecer en estado catatónico, o sea como bultos todo el trayecto sin enterarse de nada… Y como si no fueran suficientes estos dispositivos de desintegración social, ahora las camionetas familiares vienen con un televisor, ¡y hasta con varios!
Cuando se celebra una comida en familia, a cada momento suenan los teléfonos celulares de cualquiera de los comensales, lo que de manera irremediable, interrumpe la comunicación. Quien contaba un chiste o platicaba una anécdota, se queda callado esperando a que su interlocutor salude a su compadre por los próximos 15 minutos. Cuando finalmente se reanuda la conversación, se toca otro tema pues nadie recuerda de lo que se hablaba o sencillamente “se cortó la inspiración” de quien tenía la palabra, y se quedó enojado por la grosera interrupción…
¿Y no te ha tocado viajar en un autobús foráneo por varias horas con un compañero de asiento, que todo el camino va resolviendo los asuntos de su negocio, a gritos a través de un odioso Nextel? Durante todo el camino habla a tu lado, sin dirigirte una sola de esas palabras. Como si viajara absolutamente solo o fueras un bulto.
Estas reflexiones me asaltaron, al abrir hace unos minutos mi correo electrónico, mismo que utilizo para contestarles a las personas que debido a mis libros y seminarios me consultan algo, o a mis clientes que tienen algún requerimiento, y me topé con que tenía cerca de 38 correos, (acumulados en menos de 24 horas), ocupando 48 megas del disco duro de mi computadora.
El problema fue que hasta ahora salvo dos de ellos, que tienen relación con mi trabajo, los demás están siendo de todo tipo: Chistes más sobados que una “teibolera”, videos simpáticos pero incoloros, inodoros e insípidos y además en idiomas que ni entiendo, cadenas de esas que te amenazan diciéndote que si no mandas cierta información a 132 personas, en un lapso de 15 minutos te vas a quedar impotente. La reseña del último asalto a “una amiga” o al robo de un cajero bancario. Tampoco faltan los pensamientos celestiales, llenos de piedad, pero francamente ñoños, de esos que te invitan a ser bueno, tolerante, comprensivo, amoroso, y a querer a tu prójimo como a ti mismo. Fotos y videos de lisiados, enfermos, enanitos o personas con malformaciones, que supuestamente son ejemplares, porque en vez de suicidarse, se dedican a dar conferencias motivacionales, mismos que irremediablemente te dejan deprimido, al sentirte culpable por haber nacido físicamente bien. También estoy viendo exámenes de inteligencia que acaban calificándote como tarado, y que te hacen sentir estúpido por el resto del día. Se han abierto fotos pornográficas de mujeres “malas” que en realidad están muy “buenas” y videos de actos sexuales que te dejan avergonzado de tu falta de flexibilidad y pericia, así como por tu modesta biología, aparte de interminables fotos de bellos paisajes de lugares que ni conozco y además ni me interesa conocer… y siguen fluyendo.
Descubrí al observar los remitentes, que toda esa catarata interminable de correos eclécticos, me fueron enviados por parientes y amigos muy queridos, a quienes por azares del trabajo cotidiano veo poco; Sin embargo, lo sorprendente del caso, es que a pesar de su enorme perseverancia para mandar correo tras correo todo los días del año, e incluso varios por sesión, jamás me dirigen algunas líneas a mí en lo particular, aunque sea de vez en cuando, a través de las cuales pueda yo constatar que les preocupa mi vida y salud, y que no solamente pertenezco a un impersonal y frío listado de “contactos”. Esto me hace pensar que algún día estaré muerto, y aún así continuaré recibiendo innumerables correos de amigos y parientes inclusive cercanos, que no sabrán que ya no vivo… ¿No es esto paradójico? Vivimos la era de la comunicación y estamos mucho menos comunicados que antes.
He pensado que si mandamos correos y correos, sin duda muy bellos que hablan del amor y de la bondad entre los seres humanos, ¿no sería mejor practicar estas virtudes con un “Hola Ángel ¿cómo estás?” que me hiciera sentir que alguien se acordó de mi en lo particular? ¿O que me platiquen algo de sus vidas y anhelos, o que me envíen una foto de sus hijos o nietos, o de su último viaje de vacaciones? ¿Acaso no sería esto mucho más hermoso, cercano y humano, que recibir una secuencia de paisajes impersonales, con escritos de esos que van apareciendo de manera desesperante letra por letra, y con un fondo musical de lo más cursi? ¿Por qué no nos comunicamos como en otros tiempos en los que se utilizaban las cartas, que además de hacernos sentir acompañados y queridos, hasta nos permitían practicar nuestra ortografía y redacción? ¿Acaso esta maravillosa tecnología como lo es el Internet, no podría ser utilizada para lograr una verdadera comunicación profunda entre las personas alejadas por la distancia?
Tal vez al leer esto, alguien me tache de “ruco”, pasado de moda o que no se “alinea” a las tendencias de la modernidad, sin embargo, lo único que yo deseo, y por lo que trabajo todos los días, es para que no perdamos los seres humanos, la capacidad para integrarnos, al adoptar las técnicas modernas de robotización y masificación, que hoy afectan de manera creciente a la humanidad, y sobre todo, para que no caigamos también en el nuevo tipo de “amor tecnológico o virtual” que nos obligue a considerar, que el recibir un enorme número de mensajes impersonales al día, mismos que además se les ha enviado también a otros 52 “contactos” más, como si fuéramos miembros de una manada de personas iguales, es una muestra de que alguien se preocupa por mi, y de que me tiene presente en su corazón.
Frente a mi computadora, y todavía esperando que acaben de abrir los 3 mensajes que aún faltan, me estoy haciendo el propósito de no seguirle el juego a la “tecnología de lo impersonal” por lo que me comprometo conmigo mismo, a que si le envío un correo con información del tipo que sea, a algún amigo o pariente, lo haré porque estaré bien seguro de que le va a servir, como si le obsequiara un regalo personalizado, que le escogí sólo a él, porque conozco sus gustos o necesidades, además de que siempre llevará mi saludo personal, con el que le muestre mi cariño, y si fuera el caso mi nostalgia… ah, y no le mandaré copias a nadie más.
Y como finalmente acabaron de “bajar” todos mis correos, termino esta reflexión invitándote a que la próxima vez, si quieres enviarme algo que realmente me haga sentir tu cariño hacia mi, siéntate ante tu computadora y mándame a mí, y sólo a mí, sin copias para nadie, unas líneas que comiencen con “Hola Ángel, me acordé de ti, ¿cómo estás?”
Fragmento del libro “Por favor… que vamos en el mismo barco” orientado hacia el retomar los valores como única forma de asegurar la armonía y el bienestar de la sociedad contemporánea. Edición 2009
Autor: Ángel Díaz Mérigo
¿Te has dado cuenta, que no obstante que vivimos en la era de la comunicación cada vez estamos menos comunicados?
Analicemos algunas situaciones normales en nuestra modernísima y tecnificada vida cotidiana:
El tomar los alimentos como familia, implica en muchos casos que todos los miembros de ésta, estén con el pescuezo torcido mirando la tele del comedor, y para lo único que se hablan es para pedir el control electrónico del aparato, o para exigir de mal modo un cambio de canal.
Nuestros hijos tienen televisores y computadoras en sus recámaras, por lo que después de los breves momentos de convivencia (aunque sea sólo física), se retiran a ver sus programas favoritos, o a “chatear” con personas casi siempre desconocidas. En otros casos también, a buscar pornografía. Bueno no quiero pecar de negativo… tal vez también se encierran para buscar información constructiva (¿?)… pero el hecho es que lo hacen aislados.
Si como familia hacemos viajes o paseos, los hijos van “conectados” a sus ipods, escuchando ensimismados lo que les gusta, y por lo tanto sin hablar más que para decir que tienen hambre. Es muy común que además de conectarse todo el viaje, también vayan jugando con esos infernales aparatitos electrónicos, que los hace permanecer en estado catatónico, o sea como bultos todo el trayecto sin enterarse de nada… Y como si no fueran suficientes estos dispositivos de desintegración social, ahora las camionetas familiares vienen con un televisor, ¡y hasta con varios!
Cuando se celebra una comida en familia, a cada momento suenan los teléfonos celulares de cualquiera de los comensales, lo que de manera irremediable, interrumpe la comunicación. Quien contaba un chiste o platicaba una anécdota, se queda callado esperando a que su interlocutor salude a su compadre por los próximos 15 minutos. Cuando finalmente se reanuda la conversación, se toca otro tema pues nadie recuerda de lo que se hablaba o sencillamente “se cortó la inspiración” de quien tenía la palabra, y se quedó enojado por la grosera interrupción…
¿Y no te ha tocado viajar en un autobús foráneo por varias horas con un compañero de asiento, que todo el camino va resolviendo los asuntos de su negocio, a gritos a través de un odioso Nextel? Durante todo el camino habla a tu lado, sin dirigirte una sola de esas palabras. Como si viajara absolutamente solo o fueras un bulto.
Estas reflexiones me asaltaron, al abrir hace unos minutos mi correo electrónico, mismo que utilizo para contestarles a las personas que debido a mis libros y seminarios me consultan algo, o a mis clientes que tienen algún requerimiento, y me topé con que tenía cerca de 38 correos, (acumulados en menos de 24 horas), ocupando 48 megas del disco duro de mi computadora.
El problema fue que hasta ahora salvo dos de ellos, que tienen relación con mi trabajo, los demás están siendo de todo tipo: Chistes más sobados que una “teibolera”, videos simpáticos pero incoloros, inodoros e insípidos y además en idiomas que ni entiendo, cadenas de esas que te amenazan diciéndote que si no mandas cierta información a 132 personas, en un lapso de 15 minutos te vas a quedar impotente. La reseña del último asalto a “una amiga” o al robo de un cajero bancario. Tampoco faltan los pensamientos celestiales, llenos de piedad, pero francamente ñoños, de esos que te invitan a ser bueno, tolerante, comprensivo, amoroso, y a querer a tu prójimo como a ti mismo. Fotos y videos de lisiados, enfermos, enanitos o personas con malformaciones, que supuestamente son ejemplares, porque en vez de suicidarse, se dedican a dar conferencias motivacionales, mismos que irremediablemente te dejan deprimido, al sentirte culpable por haber nacido físicamente bien. También estoy viendo exámenes de inteligencia que acaban calificándote como tarado, y que te hacen sentir estúpido por el resto del día. Se han abierto fotos pornográficas de mujeres “malas” que en realidad están muy “buenas” y videos de actos sexuales que te dejan avergonzado de tu falta de flexibilidad y pericia, así como por tu modesta biología, aparte de interminables fotos de bellos paisajes de lugares que ni conozco y además ni me interesa conocer… y siguen fluyendo.
Descubrí al observar los remitentes, que toda esa catarata interminable de correos eclécticos, me fueron enviados por parientes y amigos muy queridos, a quienes por azares del trabajo cotidiano veo poco; Sin embargo, lo sorprendente del caso, es que a pesar de su enorme perseverancia para mandar correo tras correo todo los días del año, e incluso varios por sesión, jamás me dirigen algunas líneas a mí en lo particular, aunque sea de vez en cuando, a través de las cuales pueda yo constatar que les preocupa mi vida y salud, y que no solamente pertenezco a un impersonal y frío listado de “contactos”. Esto me hace pensar que algún día estaré muerto, y aún así continuaré recibiendo innumerables correos de amigos y parientes inclusive cercanos, que no sabrán que ya no vivo… ¿No es esto paradójico? Vivimos la era de la comunicación y estamos mucho menos comunicados que antes.
He pensado que si mandamos correos y correos, sin duda muy bellos que hablan del amor y de la bondad entre los seres humanos, ¿no sería mejor practicar estas virtudes con un “Hola Ángel ¿cómo estás?” que me hiciera sentir que alguien se acordó de mi en lo particular? ¿O que me platiquen algo de sus vidas y anhelos, o que me envíen una foto de sus hijos o nietos, o de su último viaje de vacaciones? ¿Acaso no sería esto mucho más hermoso, cercano y humano, que recibir una secuencia de paisajes impersonales, con escritos de esos que van apareciendo de manera desesperante letra por letra, y con un fondo musical de lo más cursi? ¿Por qué no nos comunicamos como en otros tiempos en los que se utilizaban las cartas, que además de hacernos sentir acompañados y queridos, hasta nos permitían practicar nuestra ortografía y redacción? ¿Acaso esta maravillosa tecnología como lo es el Internet, no podría ser utilizada para lograr una verdadera comunicación profunda entre las personas alejadas por la distancia?
Tal vez al leer esto, alguien me tache de “ruco”, pasado de moda o que no se “alinea” a las tendencias de la modernidad, sin embargo, lo único que yo deseo, y por lo que trabajo todos los días, es para que no perdamos los seres humanos, la capacidad para integrarnos, al adoptar las técnicas modernas de robotización y masificación, que hoy afectan de manera creciente a la humanidad, y sobre todo, para que no caigamos también en el nuevo tipo de “amor tecnológico o virtual” que nos obligue a considerar, que el recibir un enorme número de mensajes impersonales al día, mismos que además se les ha enviado también a otros 52 “contactos” más, como si fuéramos miembros de una manada de personas iguales, es una muestra de que alguien se preocupa por mi, y de que me tiene presente en su corazón.
Frente a mi computadora, y todavía esperando que acaben de abrir los 3 mensajes que aún faltan, me estoy haciendo el propósito de no seguirle el juego a la “tecnología de lo impersonal” por lo que me comprometo conmigo mismo, a que si le envío un correo con información del tipo que sea, a algún amigo o pariente, lo haré porque estaré bien seguro de que le va a servir, como si le obsequiara un regalo personalizado, que le escogí sólo a él, porque conozco sus gustos o necesidades, además de que siempre llevará mi saludo personal, con el que le muestre mi cariño, y si fuera el caso mi nostalgia… ah, y no le mandaré copias a nadie más.
Y como finalmente acabaron de “bajar” todos mis correos, termino esta reflexión invitándote a que la próxima vez, si quieres enviarme algo que realmente me haga sentir tu cariño hacia mi, siéntate ante tu computadora y mándame a mí, y sólo a mí, sin copias para nadie, unas líneas que comiencen con “Hola Ángel, me acordé de ti, ¿cómo estás?”
Fragmento del libro “Por favor… que vamos en el mismo barco” orientado hacia el retomar los valores como única forma de asegurar la armonía y el bienestar de la sociedad contemporánea. Edición 2009
Autor: Ángel Díaz Mérigo






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